En este blog encontrará himnos seleccionados de los himnarios evangélicos: Bautista, Himnos de la vida Cristiana, Himnos de fe y alabanza, Celebremos Su gloria; entre otros. además, incluiremos cientos de himnos recién traducidos de los himnarios en inglés: Bautista, Presbiteriano, Metodista, Luterano, Anglicano, entre otros.
Los himnos están acompañados con letras, diapositivas y la música para cantarlos.
Canten con alegría las
alabanzas de Cristo el Rey;
Anden en los caminos que nos mostrara su augusta grey.
Vivan los redimidos en las victorias del Vencedor;
Para que todos juntos veamos las glorias del Redentor.
Cristo es la luz del
mundo, y el que le sigue, la luz tendrá;
Cristo es el pan de vida, y el que de él come no morirá.
Cristo es la fuente viva, y el que de él bebe no tendrá sed;
Y si queréis la vida, id a la fuente y allí bebed.
Cristo es, de las ovejas
que él redimiera, su Buen Pastor;
Vino para salvarlas, pero sufriendo cruento dolor.
Y al derramar su sangre en el madero de aquella cruz,
Vida, paz y esperanza, y eterna gloria nos dio Jesús.
Ahora ya no estoy triste
sino que vivo siempre feliz,
Con la dulce esperanza de que algún día iré al país,
Ese país amado donde moradas fue a preparar Cristo,
El Pastor Eterno, que a sus ovejas vino a salvar.
Himno: Cordero que
bajaste del cielo. No. 232 Celebremos
Letra:
Cordero, que bajaste del cielo a morir en la
cruz
Para darme la luz y tu gran salvación,
vertiste sangre inmaculada
Con la cual mi maldad, al morir en la cruz, la
borraste, Jesús.
CORO: Hoy yo te alabo, Señor, con todo mi
corazón,
Cordero, porque eres mi Dios y mi buen
Salvador que moriste por mí.
Tú eres el que diste a mi vida esa paz sin
igual,
Que en el mundo falaz, no la pude encontrar.
Por eso mi alma alegre te canta, disfrutando
el amor
Que en la cruz de dolor me extendiste, Jesús.
Autor Letra: Es desconocido. Este precioso
himno empezó a entonarse en toda Latinoamérica en el siglo XX, pero no se sabe
quién es su autor.
Comentarios: “Cordero que bajaste del cielo”.
Es una expresión claramente tomada de la solemne declaración de Juan el
Bautista, quien dijo de Cristo: “He aquí
el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Cristo mismo
dijo: “nadie subió al cielo, sino el que
descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo” (Juan 3:13).
“Para
darme la luz y tu gran salvación”. Zacarías, el padre de Juan el Bautista,
profetizó diciendo que Jesús, el Cordero de Dios, vendría del cielo para “dar luz a los que habitan en tinieblas”
(Lucas 1:79). Y también Jesús dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino
que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Isaías, profetizando de los
tiempos en los cuales se manifestaría el Mesías, el Cordero de Dios, dijo que
la salvación se manifestaría a Su pueblo: “Y
reinarán en tus tiempos la sabiduría y la ciencia, y abundancia de salvación.”
(Is. 33:6). La experiencia de Zaqueo es la misma de todos aquellos que profesan
sincera fe en Cristo: “Hoy ha venido la
salvación a esta casa” (Lc. 19:9).
“Vertiste sangre inmaculada, Con la cual mi
maldad, al morir en la cruz, la borraste, Jesús”. La sangre de Cristo es
inmaculada porque él nació sin pecado, puro y santo: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de
nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza,
pero sin pecado” (Heb. 4:15). Solo por medio del derramamiento de la sangre
inmaculada de Cristo hay perdón de pecados, pues, la Biblia dice “sin derramamiento de sangre no se hace
remisión” (Heb. 9:22), y Cristo mismo dijo: “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada
para remisión de los pecados” (Mt. 26:28).
“Hoy yo te alabo, Señor, con todo mi corazón”.
Típica expresión de la alabanza que el salmista, los santos y el mismo Cristo
dieron al Padre en las Sagradas Escrituras: “Siete veces al día te alabo” (Sal. 119:164); “A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo” (Dn. 2:23);
“Jesús, dijo: Te alabo Padre, Señor del
cielo y de la tierra” (Mt. 11:25); “Te
alabaré, oh Jehová, con todo mi corazón” (Sal. 9:1).
“Cordero, porque eres mi Dios y mi buen
Salvador que moriste por mí”. Jesús, el Cordero que redime del pecado, también
debe ser alabado y reconocido como Dios, así como lo hicieron los apóstoles: “Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor
mío, y Dios mío” (Juan 20:28).
“Tú eres el que diste a mi vida esa paz sin
igual, Que en el mundo falaz, no la pude encontrar”. Indudablemente esta es la
gran promesa que Cristo hizo a los suyos: “La
paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe
vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
“Por
eso mi alma alegre te canta, disfrutando el amor Que en la cruz de dolor me
extendiste, Jesús”. La alegría del alma al cantar la alabanza de la gracia de
nuestro Dios es algo característico en las expresiones de los autores sagrados:
“Mi corazón se regocija en Jehová, mi
poder se exalta en Jehová” (1 Samuel 2:1); “Gloriaos en su santo nombre; alégrese el corazón de los que buscan a
Jehová” (1 Cr. 16:10); “Se alegró por
tanto mi corazón, y se gozó mi alma” (Sal. 16:9); “Entonces mi alma se alegrará en Jehová” (Sal. 35:9). La cruz es el
lugar del dolor para Cristo, pero también el lugar de la manifestación más
grande del amor de Dios: “Nadie tiene
mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13); “Mas Dios muestra su amor para con nosotros,
en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8).